Ada Cordelia atraviesa una puerta grande de madera oscura, y la cierra tras de sí. El suelo es de parqué y las paredes están empapeladas en color vino. La luz es ligeramente anaranjada, y está repartida por los rincones. Huele a chocolate.

-Deja el abrigo en el perchero y sigue el olor. Estoy aquí.

Ada camina siguiendo la voz, y llega a la cocina, donde se encuentra él.

-Huele muy bien. He traído todo lo que me dijiste por teléfono. Siento si he llegado un poco tarde, pero me ha costado encontrar flores a estas horas.
-No te apures querida, llegas la primera. ¿Quieres probar? Le he puesto nueces y albaricoque, además de la crema de chocolate. Espero que te guste.
-Eres muy curioso… No pensé que te tomarías tantas molestias.
-Oh, por favor… ¡Eres mi invitada especial!
-Quiero ese trozo... Es la mejor tarta de chocolate y albaricoque que he probado nunca. ¡Y no te rías! Lo digo completamente en serio. Es un gran detalle de tu parte.
-Gracias. Me alegra que te guste. Has elegido el vestido perfecto ¿sabes? No puedo dejar de mirarte el escote, tienes un pecho precioso. Estarán todos encantados. Pero luego te dejaré un par de cosas que creo que te darán el toque ideal.
-¿Me dirás de qué se trata exactamente? Me ha gustado mucho tu llamada, normalmente no recibo esta clase de propuestas.
-Pues por ahora poco te puedo decir. Sólo te puedo garantizar que va a ser estupendo. ¿Llevas medias?
-Sí.
-Muy bien. Pues quítate las botas. El suelo está caliente, no te preocupes por eso.
-Estoy impaciente… ¿Y vives solo?
-Sí, desde hace cuatro años. Antes vivía a las afueras en casa de mis padres, pero al fin pude independizarme cuando conseguí el puesto de trabajo. Ahora puedo permitirme estar aquí una temporada más. Hasta que se me acabe el dinero, si no he encontrado otro trabajo para entonces. ¿Y tú? Me interesaría saber todo de ti…
-Mi vida antes de hace un año no importa. Desde ese momento hasta hoy… puedo decir que soy feliz. No salgo con amigos y no hago una vida normal propiamente dicha. Mi vida es muy diferente a la del resto de chicas de mi edad. A veces me llaman estando en la universidad y me divierto cuando me mira todo el mundo, especialmente las mujeres. Y si tengo que esperar mucho tiempo a mi dandy del día, paso el rato provocándolas y haciendo que se escandalicen.
-¿Dandy? ¿Así los llamas?
-Sí, me gusta pensar que en su vida anterior fueron hombres con buen gusto y vicios prohibidos.
-Creo que todavía existe alguno.
-Realmente no sé si me gustaría conocerlo.
-Por cierto, te he dejado preparada una cámara con trípode. Se me olvidó comentártelo, me imagino que traerás la tuya, pero por si acaso lo preparé.
-Eres muy amable y estás pendiente de todo. He traído la mía, pero lo cierto es que el trípode me vendrá muy bien.
-Estupendo.
-Bueno, creo que podrías explicarme ya de qué se trata.
-Sí, tienes razón. Deben estar a punto de llegar. Acompáñame al salón.

Van hacia el salón y él le muestra unos pañuelos negros.

-Mira, con esto quiero que les vendes los ojos a los tres. Pero eso será más adelante, cuando yo te avise. Tú estarás escondida, y cuando te llame empezarás a bailar y a conseguir que sus miradas se centren en tu cuerpo.
-Eso no será complicado.
-Lo sé, por eso he confiado en ti. Esos cabrones van a pagar por haber hecho que me despidieran.
-¡Cuéntame más cosas!
-Quiero que sea una sorpresa también para ti. Me dará mucho placer si consigo que esto quede a tu altura.
-De momento me encanta.
-Bueno, cuando estén absortos contigo, lo único que deberás hacer será vendarles los ojos. Y después ya lo verás…
-Está bien, esperaré impaciente. ¿Qué era lo que me ibas a prestar?
-¡Ah, sí! Bueno, en todo momento yo permaneceré a un lado, mirando. Así que tú tienes que encargarte de prepararlo todo. Esto sabrás como usarlo.
-¿Y cómo es ella?
-Demasiado atractiva para no ser puta. Eso sí, en la empresa hacía el mismo trabajo.

Entonces llaman al timbre.
Ada espera en la calle.

A su mente acuden recuerdos de una primavera calurosa en la que jugaba con sus vecinos en la casa de la playa. El perezoso sol de la mañana tostaba sus pieles inocentes. Ada está sentada sobre la arena y juega haciendo castillos a sus pies. A su lado está Guille, que la observa tranquilamente. Cerca de la orilla, el pequeño Saúl recoge las conchas que va encontrando y las guarda en su cubo. Guille no aparta la mirada de los pezones de Ada, que a través del bañador mojado apuntan al cielo. Está cerca de ella y se contagia de su calor. Se aproxima a su mejilla y le da un beso. Ada sonríe y sigue haciendo castillos.

- ¿Puedo tocarte?
- ¿Qué quieres tocar?
- Tienes eso de ahí duro...
- Se llaman pezones, están así porque tengo el bañador mojado.

Guille acerca su mano con curiosidad hacia el pecho de Cordelia, hasta que sus temblorosos dedos rozan el tieso saliente. Ada lanza un suspiro y cierra los ojos. Su respiración se acelera. Guille siente mucha curiosidad y aparta la tela que cubre sus pequeños senos.

- ¿Tienen leche?
- No lo sé... Si quieres puedes probar.


El muchacho acerca sus labios al pezón derecho, y con la punta de la lengua lo acaricia. Con la boca rodea la aureola y empieza a succionar. Ada empieza a sentir algo extraño en todo el cuerpo... su pulso aumenta y una sensación nueva inunda su piel. Guille intenta obtener fallidamente leche del pezón de su amiga, y mientras, lleva su mano al otro pecho, acariciando la débil curva de carne.

- ¿A qué jugáis? -Saúl les sorprende.
- Quiero saber si Ada tiene leche.
- Sólo tienen leche las madres...
- ¿No quieres probar? -le pregunta Cordelia.
- ¡No quiero! Me voy a casa...

Guille toma la mano de Ada y la lleva a su bañador.

- Mira, yo también tengo esto duro.

Ada coge ese trozo de carne sin saber muy bien qué hacer, y aprieta suavemente. Está caliente y enrojecida. De repente se levanta y cogiendo a Guille de la mano le conduce hasta la orilla. Ada se quita el bañador, dejando ante los ojos perplejos de Guille su cuerpo desnudo e impecable, y corriendo se mete en el agua.

- Ven.

Guille se quita el bañador y lentamente se acerca a ella. Camina contra el agua hasta pegarse completamente al cuerpo desnudo de Ada, y se quedan mirando. El movimiento de las olas los mece suavemente y sus pieles se rozan untadas en sal.

Una voz contesta a través del telefonillo, y la puerta se abre. Ada entra en el patio, y la puerta se cierra detrás de ella.